Pidamos unos por otros el amor de Jesús Crucificado, el amor de su cruz. Meditemos sin cesar sobre este amor inmenso, tengamos sin cesar bajo la vista y en el corazón las llagas que son otras tantas fuentes de amor: huyamos de todo para escondernos en él; huyamos de nosotros mismos renunciándonos, grabemos en nosotros las llagas de nuestro Esposo con el mismo cincel de amor, para que esté en nosotros y nosotros en él y que viva y reine en nosotros.
carta a su familia, el 20 de febrero de 1860
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